Me dijo con mucha seguridad que la alborada era de color gris, deslucida y mustia, con sabor a nada.
Yo pensaba que tenía el color del oro viejo, ese que se hace opaco en las manos y deja en la piel el aroma perfecto; paja tostada que se funde en el horizonte perdiéndose más allá de las profundidades.
Insistió que las primeras luces de la mañana no tenían sabor a nada, que eran insípidas y frías llenas de polvo y añoranzas.
Yo seguía pensando que las madrugadas eran el despertar de la piel a las caricias del sol y un abrazo al nuevo día del que se puede esperar todo; desde una brisa fresca que te llena el alma a un susurro del viento en la cara.
Decía él que estaban llenas de melancolía y tristezas perdidas igual que los cantos de sirenas en el océano que no llevan a ningún lugar.
En cambio yo, seguía viendo el resplandor eterno llenando de calor mi piel, aromatizando mis despertares con el olor de lavanda que desprendían mis sábanas arrugadas, cuna de mis sueños en las noches donde las estrellas brillan haciendo baile de luciérnagas en mi ventana.
Empeñado en su color insistió en que su opción era la mejor, aunque para cabezona nací yo.
Respirando soledad al final del camino
Hace 2 horas
